Fortaleza Divina ante los embates de la enfermedad
Era una tarde fría de noviembre, como frío fue el diagnóstico que me daría el médico neurólogo que me esperaba en su consultorio. Después de analizar algunos exámenes que le había entregado minutos antes, anunció la enfermedad: esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Me preguntó si quería conocer sobre ELA; le contesté afirmativamente y me dijo: la enfermedad es terminal; consiste en una muerte masiva de neuronas motoras, que provoca dificultades para caminar, hablar, comer, respirar y al cabo de 6 meses o 5 años, según sea el caso, sobreviene la muerte. Inmediatamente, un intenso escalofrío cubrió todo mi cuerpo y las rodillas se me doblaron, presagiando lo que me esperaba más adelante. Como pude, llegué al parqueo del Icafé, me senté al volante del vehículo y me puse a llorar. Búsqueda de respuestas. El regreso de San José a Turrialba fue una larga pesadilla. Trataba de dar respuesta a muchas preguntas que se venían a mi mente. Una vez que llegué a la casa, reuní a mi familia y les conté todo. Mi esposa Bernardita y mis tres hijas –Ingrid, Vivian y Susan–, después de escucharme, me dijeron acertadamente: “Nosotras estamos con usted y también tiene a Jesús, búsquelo”. Acepté la oferta y me dediqué a buscarlo, cosa que me resultó muy fácil, pues Él siempre había estado a mi lado. Me preparé para iniciar el largo camino por el desierto, que estaría lleno de pruebas. Ayuda y pruebas. Busqué la reconciliación con el Señor, pasé por un proceso de sanación interior, asistía con mayor frecuencia a recibir la santa eucaristía, mis oraciones fueron más constantes; la ayuda espiritual llegó de muchas maneras. Y también vinieron las pruebas. Empecé a tener problemas para caminar, hablar, comer y respirar, al punto de que ahora estoy en cama, me movilizo por medio de una silla de ruedas, no puedo hablar bien, tengo una sonda para alimentarme y uso oxígeno para ayudarme a respirar. A pesar de lo vivido desde el 2 de noviembre de 1999, he contado con un don espiritual: la fortaleza, que me viene del Señor y me ha permitido estar alegre en medio de la enfermedad. A la par de este don, he recibido paz, paciencia, fe, esperanza y confianza en Dios. Después de casi cuatro años con nuestro Señor Jesucristo, hoy puedo decir que disfruto la enfermedad. Martin Mora Ramírez (Exfutbolista) |