Entrevista
a un condenado a muerte
Reflexión para el Domingo de Ramos.
Hace poco fuimos un grupo de sacerdotes a
comer con una amiga y antes de partir, nos pidió que pasáramos
a ver una imagen de Cristo que había adquirido recientemente.
Era un óleo de 2 metros de altura, con un Cristo con corona de
espinas, y la mirada que reflejaba sin duda alguna el dolor de aquellos
momentos terribles antes de la crucifixión. Pero la señora
nos dijo que sus hijos le habían pedido que retirara la pintura
porque los deprimía y les hacía sentir mal. ¿Deprimidos
por contemplar la figura de Cristo doliente? ¿En qué cabeza
cabe? ¿Realmente la figura de Cristo es para deprimir a los cristianos
y sobre todo a los cristianos jóvenes?
De aquí yo me propuse hacer una entrevista
a Cristo para ver si realmente logró espantar a los cristianos
de su época y a los de la nuestra. Gracias a algunos contactos
en el cielo, casi sin mucho trámite me consiguieron entrada para
el encuentro con Jesucristo. Fui introducido hasta una terraza desde
donde podía contemplar perfectamente el universo entero, las
estrellas, los astros, e indudablemente el planeta tierra. Cuando me
anunciaron de la llegada del Salvador, no pude menos que ponerme de
pie, aunque dudaba si ponerme de rodillas, pues la luminosidad que despedía
era muy grande. Él tomó la iniciativa de invitarme a sentarme
frente a él, pero yo no podía pronunciar palabra, solo
balbucee tímidamente que me dijera cómo quería
que lo llamase durante la entrevista, si Mesías, o Salvador,
o Ungido, o Camino, Verdad y Vida, pero me dijo que a él le gustaba
que le llamaran sencillamente Jesús, y que comenzara mi entrevista,
tomándome todo el tiempo que quisiera. Quise orientar entonces
mi interrogatorio sobre los últimos días de su vida, buscando
el rostro que había espantado a los hijos de nuestra amiga.
- Jesús, ¿la última semana
de tu vida fue particularmente difícil?
- “Toda mi vida fue difícil, desde la niñez, cuando
mis padres se vieron obligados a verme nacer en un pesebre, lugar de
animales, de noche, y lejos de los seres queridos; luego, la huída
a Egipto, para escapar con vida, otra vez entre extraños, con
otra lengua, con otras costumbres, e indudablemente en otra fe distinta
de las que mis padres me heredaron. Aquí aclaro que hablo de
“padres” aunque mi verdadero y único padre es mi
buen Padre Dios”.
- Pero el día de la entrada en Jerusalén por ninguna parte
se te veía cara de sufrimiento.
- “La verdad es que ese día fue interesante. La gente me
sintió muy cercano, uno más de los suyos, y uno que podía
sacarlos de tanto sufrimiento en que vivían, y por eso sacaron
sus mantos y los tendieron a mi paso, cortaron sus ramos y se apresuraron
a verme pasar, montado en un burrito humilde y sencillo, el transporte
de los sencillos y los pobres. Todos se me entregaron ese día,
pero no dejaba de preocuparme que la gente que no me quería y
que habían planeado mi muerte, pronto azuzarían a la multitud
para que pidieran mi desaparición del mundo. Y la verdad es que
me reclamaron fuertemente, hasta pretender que yo callara a aquella
multitud que cantaba y gritaba Hosannas al Señor. Tuve que ser
particularmente fuerte con ellos, al indicarles que si aquella gente
callara, las mismas piedras hablarían”
- Señor Jesús, la verdad es que el rostro que reflejan
las pinturas que los hombres han hecho de ti en el huerto de los olivos,
poco antes de tu aprensión, no era precisamente para agradar
a nadie, y sobre todo contrasta mucho tu actitud en esa noche, con esa
palabra con la que acallaste tantas inquietudes de los hombres: “No
tengan miedo”, palabra que escucharon los apóstoles, San
José e incluso tu misma madre...
- “Si, es verdad, esa noche sentí un miedo terrible de
lo que se me venía encima, la cruz, el calvario, la muerte, pero
lo que me agobiaba era el peso de los pecados de todos los hombres,
que me estrujaban y me oprimían por todos lados. Tu sabes que
soy Hijo de Dios, pero también soy hombre, que nunca dejé
de serlo, que me metí en el pellejo de todos los hombres, y que
como tal, no podía menos de sentir angustia, por la soledad en
la que me metería la ingratitud de los hombres. Mi organismo
no resistió en un momento, y eso hizo que de mi frente se desprendieran
gruesas gotas de sangre y de mis ojos amargas lágrimas. Sin embargo,
no estuve solo. El Padre siempre me acompañó, lo mismo
que el Espíritu Santo me sostuvo para no desviar mi camino de
lo que mi Padre, había marcado, y lo que los hombres esperaban
de mí, aunque momentáneamente me hubieran dejado solo
como los mismos apóstoles que a unos cuantos pasos de mí,
estaban totalmente ajenos e indiferentes ante lo que ocurría
conmigo. Creo que todo hombre ha experimentado esa soledad en algún
momento de su vida, pero ahora pueden sentirse acompañados, porque
nunca dejaré solos a los que mi Padre me ha confiado.
- Señor Jesús, he venido con la intención de contemplar
tu rostro, por ver si eres capaz de espantar a los que no te conocen,
y la verdad, en la cruz, tu rostro no era para atraer a nadie.
- “Tienes razón, Isaías, un hombre que mi Buen Padre
Dios envió a los hombres algunos siglos antes de mi partida para
la tierra, ya describía mi rostro en el calvario y en la cruz,
como algo que inspiraría temor, pues la verdad que mi rostro
quedó irreconocible, por el cansancio, los escupitajos, el polvo
del camino y los golpes, aquellos terribles golpes que me di con la
cruz, las varias veces que estuve tirado en el suelo, apabullado por
el peso de la misma cruz y por aquellas terribles espinas que me hacían
sangrar por todos lados. Nadie daría un centavo por mí
en ese entonces, a juzgar incluso por aquellos terribles momentos de
abandono que sentía yo en lo alto de la cruz, colgando materialmente
de aquellos clavos que penetraron mis carnes y que me arrancaron gritos
de dolor y de desesperación, sobre todo cuando la respiración
se me fue haciendo más difícil, hasta llegar a aquel momento
en que la gente me oyó decir: “!Dios mío, porqué
me has abandonado!”. Sin embargo, lo que la gente no sabía
es que yo recitaba un salmo, el 21, que mi pueblo cantaba en momentos
de angustia y abandono, porque es un canto de liberación y de
total confianza en Dios, escucha: “en ti confiaban nuestros padres
y los salvaba, a ti gritaban y quedaban libres, en ti confiaban y no
los defraudabas... porque no le ha repugnado la desgracia de un desgraciado,
no le ha escondido el rostro: cuando pidió auxilio, le escuchó”.
Esa confianza, esa obediencia mostrada a mi Padre y mi abandono en sus
brazos, fueron decisivos en aquel momento que más me hermanó
con mis hermanos los hombres: la muerte, esa muerte que algunas sectas
tontamente quieren hoy glorificar porque al fin y al cabo, si bien es
verdad que la muerte fue consecuencia del pecado de los hombres, también
es verdad que ha quedado vencida para siempre desde mi muerte sobre
todo a partir de mi propia resurrección”.
Cuando llegamos a este punto, reparé
que los pies y las manos de Cristo tenían unas llagas visibles
donde los clavos atravesaron su carne, pero eran llagas que ya no despedían
sangre, sino fragancia, perfume, luz, claridad, y reparando en su rostro,
caí en la cuenta de que aunque era luminoso en sumo grado, se
dejaba ver que era el mismo rostro que el del domingo de ramos, el de
la agonía en Getsemaní, y el de la cruz en Jerusalén,
y ya no acerté a formular ninguna pregunta, pero Cristo lo adivinó
y por eso me dijo: “No te sorprendas, es el mismo rostro de todos
los tiempos, ya lo dijo uno de mis hermanos predilectos, Pablo: “Cristo
es el mismo ayer, hoy y siempre”, y si bien pasé por todas
esas etapas difíciles de mis hermanos los hombres, mi Buen Padre
reconoció en mi rostro el rostro de todos los mortales, y cuando
me volvió a la vida para siempre, colocándome en el centro
del universo, pude, habiendo metido mi cabeza, hacer que todo mi cuerpo,
es decir, todos los hombres, pudieran caber y estar como cuerpo donde
yo estoy, encabezando la marcha de todos los hombres, con María
mi Madre a la que le encomendé el cuidado de los míos
mientras yo volvía a estar con ellos.
No sé como fue la despedida, creo que
no hubo tal, pues sentí que Jesús me insinuaba que me
permitiría volver a entrevistarlo, pero en ese momento sentí
la necesidad de volver al lado de Cristo, pero ya no como entrevistador
y por algunos minutos, sino para quedarme para siempre cerca de Jesús,
la luz que ilumina el camino de todos los que estamos llamados a vivir
cerca de nuestro Buen Padre Dios.
Padre Alberto Ramírez
Mozqueda.